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20.11.2017
Son cuatro tomos y detrás de ellos hay más de cincuenta historiadores. Con el volumen dedicado a las prácticas políticas, se lanza la colección "Historia política de Chile, 1810-2010". Al leerlo queda claro, primero, que nuestro derrotero republicano está lejos de la excepción y no tanto de levantamientos, guerras civiles y dictaduras... incluso "en nombre" de la democracia. Y, segundo, que las mujeres y los sectores populares son protagonistas desde el siglo XIX.

Los grupos y familias que querían independizar a Chile de la corona española se disputaban el liderazgo de la revolución. Joaquín Larraín encaró a José Miguel Carrera y le advirtió que su familia tenía el poder: “Todos los presidentes son ahora los nuestros: el presidente del Congreso, el presidente de la Junta, incluso el presidente de la Corte Suprema”, le dijo.

 

Carrera se enfureció y le contestó: “¿Y quién es el presidente de las bayonetas?”.

 

La escena está recogida en uno de los capítulos del primer tomo de “Historia política de Chile, 1810-2010″ (Fondo de Cultura Económica y Universidad Adolfo Ibáñez), dedicado a las prácticas políticas. Basta revisar el índice para darse cuenta de que las armas y la violencia han sido protagonistas en estos dos siglos de vida republicana chilena: de los catorce capítulos, hay cinco que llevan en su título conceptos como revolución, guerras civiles, militares, dictadura o violencia política. El resto está dedicado al asociacionismo, los partidos, las elecciones, la prensa, las mujeres, las clases medias, la cultura, los movimientos obreros y sociales y la sociedad rural.

El historiador Juan Luis Ossa, editor del volumen y director ejecutivo del Centro de Estudios de Historia Política de la UAI, explica así esa preponderancia: “La violencia política es parte de cualquier sociedad. No por nada en la portada del libro hay votos y muertos (se refiere a dos fotografías, una muestra a mujeres, entre ellas una monja, votando en las elecciones municipales de 1941, y en la otra se ven más de diez cadáveres en Placilla, durante la guerra civil de 1891). Funcionan como ejes explicativos de la historia política”.

 

Historia colectiva

 

“Historia política de Chile, 1810-2010″ es una colección de cuatro volúmenes en la que participan cincuenta y cinco historiadores, no solo chilenos. El editor general es Iván Jaksic. Al primer tomo que aquí comentamos lo seguirán los dedicados a “Estado y sociedad” (aparecerá en diciembre), “Problemas económicos” e “Intelectuales y pensamiento político” (los dos en mayo o junio del próximo año); editados, respectivamente, por Francisca Rengifo, Andrés Estefane y Claudio Robles y Susana Gazmuri.

 

Juan Luis Ossa dice que los más de cincuenta autores comparten “la convicción de que la política importa, de que hay que estudiarla, y que cuando se hace historia política lo importante es historizar a los actores y a las instituciones, y no darlos por sentados”. Tampoco los conceptos, ni siquiera las fechas: a los autores no se les impuso una periodización, lo que queda muy patente en el primer tomo, en el que no hay una progresión temporal entre los capítulos, sino que en la mayoría se revisa casi toda la historia republicana.

-¿A qué se debe esa ruptura con la cronología?

 

“Podríamos haber hecho cuatro tomos, o doce, da lo mismo, divididos en presidencias, por ejemplo. Pero lo que nos interesa es la temática y la problemática, más que la cronología. Uno de mis argumentos, por ejemplo, es que la así llamada república conservadora (1830-1861) es muy liberal en muchos aspectos, y la república liberal (1861-1891) tiene muchas cosas estatistas, que hoy consideraríamos que no son liberales. Tanto los conceptos como la cronología fueron puestos en cuestionamiento a lo largo de estos cinco años de trabajo, con el objeto de hacer más comprensible la construcción del sistema político”.

 

-Ya en el primer capítulo, que usted escribe, se cuenta la independencia como una guerra civil…

 

“Hay una guerra civil, claro. Y en el capítulo de Joaquín Fernández queda demostrado que todas las guerras civiles ocurridas en Chile (1829-30, 1851, 1859 y 1891) tienen que ver con los procesos eleccionarios. Son respuestas a una crisis de legitimidad. Ahora, tampoco quiero exagerar esta violencia dentro de la historia republicana. Hay elecciones, hay partidos políticos, hay asociacionismo. La violencia no es la única práctica. Es, sí, parte bastante fundamental de la historia de Chile. Cuestión que no es tan rara, porque después de la guerra de la independencia no hay un consenso suficientemente amplio que permita construir un régimen político sin acudir a las armas. Algo que ocurre en todas partes del continente”.

 

-Lo que cuestiona el excepcionalismo chileno.

 

“Yo soy un convencido de que el excepcionalismo chileno es un mito. Mito que tiene una historia, una fecha de origen, más o menos, en la década de 1840. Se debe bastante a los exiliados argentinos (derrotados por el bando liderado por Juan Manuel de Rosas), que construyeron este relato excepcionalmente positivo de Chile con el objeto de criticar a Rosas. Lo que no quita que, institucionalmente, Chile haya cumplido con ciertas reglas antes que sus vecinos. No digo que no. Pero el asunto es en relación a qué se habla de excepcional. Si lo compara a México, por ejemplo, probablemente Chile haya sido un país más ordenado, pero esa comparación no es muy válida, porque México tiene muchísimos más kilómetros y habitantes, y controlar un territorio así es muchísimo más difícil que controlar uno que iba, la verdad, hasta bien entrado el siglo XIX, de Copiapó a Concepción”.

 

Civiles y militares

 

Desde la revolución que llevó a la independencia hasta el golpe de 1973 y la dictadura, los militares han sido protagonistas de la historia política de Chile. El propio Ossa escribe en el libro que el Ejército “desde sus inicios fue una fuerza pensada para deliberar políticamente”. Aunque ahora precisa: “Con altos y bajos”.

 

-¿Cuál ha sido el rol de los civiles?

 

“La independencia produjo como resultado, no necesariamente esperado o buscado, una militarización de la política. Al ser esta una revolución, que además es una guerra civil, que dura mucho, los nuevos puestos burocráticos del Estado tendieron a caer en manos de militares. Ahora, después de la guerra civil de 1829, Portales intentó mermar su poder, y uno aprecia en varias décadas del siglo XIX un rol menor de ellos en la política, a pesar de que los dos primeros presidentes estables son militares. Después, desde la década de 1850 en adelante, yo diría que el predominio de los civiles es total, hasta los años 20 del siglo pasado, cuando Ibáñez surge como una fuerza política relevante. De ahí en más tenemos a militares, como queda bien claro en el capítulo de Augusto Varas, desenvolviéndose muy activamente en política. De hecho, que haya habido unos que apoyaron el golpe de 1973, y otros que no, demuestra la politización interna de las fuerzas armadas”.

 

-¿Hay alguna peculiaridad en la historia política chilena en el contexto latinoamericano?

“Lo que quizás puede ser un poquito más chileno es la idea de Marcelo Casals de que la democracia, en algún momento de la década de 1840, se transforma en el eje del sistema político. En las primeras décadas de la república la democracia no fue un fin en sí mismo. Más bien, el objetivo final era la representación, que no es lo mismo. Por eso la democracia adopta la característica representativa, pero podría haber adoptado otra. Ese consenso dura hasta hoy e incluso los gobiernos dictatoriales gobiernan ‘en nombre’ de la democracia o para ‘salvar’ la democracia”.

 

-Otra idea común sobre la política chilena es la preponderancia del Estado. Uno de los capítulos del libro está dedicado al “asociacionismo político”. ¿Cuán influyente han sido las agrupaciones no ligadas al Estado ni a los partidos políticos?

 

“Sumamente importantes. La tesis de Andrés Baeza es que en ocasiones van por fuera, pero otras veces se sirven del Estado. Y hay veces en que el Estado se sirve de las asociaciones. Por ejemplo, en el siglo XIX las autoridades estatales se dieron cuenta de que necesitaban de las escuelas primarias privadas, o de las asociaciones educacionales. El Estado no llegaba al obrero, no llegaba al niño sin la intermediación de estas asociaciones”.

 

Los otros

 

Con lo importante que fue que las mujeres conquistaran el derecho a votar en 1934, el capítulo “La res-pública de las mujeres”, escrito por la italiana Maria Rosaria Stabili, muestra que poner el foco ahí puede dar la idea de que antes no hubo participación femenina en la política chilena. Pero no, desde las mujeres de la élite, en el siglo XIX (hasta aquellas que buscaron “democracia en el país y en la casa”, durante la última dictadura), las mujeres “actuaron con claridad en un juego que las veía, algunas veces, como antagonistas frente a los poderes constituidos, y otras, como cómplices. En el rol de víctimas es difícil interpretarlas”, se lee.

Ossa piensa que lo mismo se podría decir de los obreros, los campesinos, los inquilinos, los indígenas y todos aquellos grupos que podrían caber en el polisémico concepto de pueblo. “Por ejemplo, el soldado raso es un actor político que tiene suficiente agencia como para decidir si va a apoyar a los realistas o los revolucionarios en la guerra de independencia”. “Por ejemplo, los indígenas conscientemente tendieron a apoyar al rey en la llamada guerra a muerte (1819-1832). Pero no obligados por los realistas, sino porque tomaban decisiones políticas, en el sentido de que más valía diablo conocido que por conocer”.

 

-Y el regionalismo, ¿ha sido importante en nuestra historia política?

 

“Sobre todo para explicar las guerras civiles, especialmente la de los años 1850, y la de 1829 también. La guerra del 59, por ejemplo, es muy claramente un conflicto entre las élites provinciales del norte y Santiago. El objetivo de las primeras es disminuir el presidencialismo, pero sobre todo el centralismo administrativo. En 1810, Santiago se arrogó la potestad de ser capital del nuevo gobierno”.

 

-No era algo claro.

 

“No estaba para nada claro que Concepción o Coquimbo se subordinaran. De hecho, en los años 20 del siglo XIX, hubo posibilidades de que el país fuera federalista, o tres países distintos. Entonces yo diría que el binomio centralismo-federalismo está muy presente en la historia del siglo XIX. Y en el siglo XX va a tomar otro cariz, el de la regionalización”.

 

-¿Cuánto ha cambiado la “élite” en estos doscientos años de vida republicana?

 

“Élite es un concepto que aparece en la colección de una forma más dinámica que como generalmente se lo ve. Entre otras cosas porque creemos, como editores, que no hay una élite monolítica que explique toda la historia de Chile. Más bien hay grupos de poder que coexisten, que no solamente son miembros de la “aristocracia”, y que pueden ser igualmente élite. Por ejemplo, los líderes del movimiento obrero se transforman en algún minuto en una élite, no pueden sino serlo, porque para ser líderes tienen que ser objetos de una cierta admiración por parte de su grupo. Una mujer de clase media, ¿no puede ser parte de la élite? Gabriela Mistral o Amanda Labarca, dos grandes escritoras, provenientes de la clase media, ¿son élite? Yo creo que sí”.

 

Conoce el reportaje completo aquí.

Fuente: El Mercurio – Artes y Letras, 19 de noviembre de 2017